Aparecía cada cuatro años uno nuevo. Siempre la misma llamada, la misma ruta, el mismo lugar.
El mirador del lago y el bosque de coníferas que perfumaban el ambiente, el escenario perfecto durante el verano, pero nunca el 29 de febrero.
Todas bastante parecidas, pelo castaño, caucásicas, ojos claros, metro setenta, podrían haber sido modelos. Pero ya no lo eran ni lo serían.
Esto sucedía hace años, fácil ya unos doce o dieciséis, hasta que el detective McMiller encontró una conexión entre los hechos.
Ian McMiller llevaba años trabajando para el Departamento de Homicidios, ya que desde muy joven había presentado ser súper diligente, muy intuitivo y de una mente excepcional.
Por otra parte, Adam Killian era un joven atormentado desde su primer desamor. Inseguro desde pequeño pero pseudo extrovertido después de los quince, salía con una porrista, lo cual duró un año hasta que se enteró que había besado a otro chico.
No soportaba saber que era tan reemplazable y no le fue difícil someterla, pero la culpa lo agobiaba, así que llamó al 911 desde una cabina y se alejó del lugar. Nunca olvidaría ese fatídico 29 de febrero.
Hasta cuatro años después, a los veinte, cuando se encontró en la misma situación. Mismo modus operandi sin querer queriendo, misma llamada, mismo día. Y se le fue haciendo costumbre, cada cuatro años llevaba una nueva al mismo lugar, y nunca dejaba huellas.
Al tercer llamado, el detective comenzó a sospechar que los incidentes podían estar conectados, la familiaridad en los rostros, las heridas, el lugar. Todo era similar.
El cuarto homicidio terminó de confirmarlo aunque ya era tarde, las investigaciones lo llevaban a callejones sin salida una y otra vez, y por lo general las familias no conocían a nadie que quisiera hacerle daño a sus hijas. Consideraba que tendría que esperar a la próxima fecha, pero esta vez tendría la zona vigilada y estaría preparado por lo menos para verle la cara al asesino.
Ya era la quinta, Adam se sentía todo un experto, hasta se sentía famoso cuando era noticia nacional el primero de marzo. Tenía la vieja camioneta lista, el cuerpo cargado, y las monedas justas para realizar la llamada, cosas de rutina lo llamaba él.
Nunca imaginó que la policía estatal lo estaría esperando. Alcanzó a lanzar el cuerpo entre los árboles cuando las luces lo enfocaron, y sólo atinó a correr colina abajo mientras era perseguido por la policía y los perros.
Llegó al borde del lago bastante rápido, por suerte conocía bien el área y sabía que podía utilizar eso a su favor. Sabía donde esconderse, y no dejaría que un simple imprevisto lo dejara tras las rejas.
Más atrás, McMiller encabezaba la persecución, estaba obsesionado con terminar ese caso de una vez por todas.
Vio que el sospechoso volvía a meterse entre los árboles, la subida era escarpada y la noche complicaba las cosas, y para su mala suerte y la de todos, lo perdió de vista.
Pidieron refuerzos y rastrillaron la zona durante días, pero no encontraron nada, y finalmente tuvieron que desistir.
Adam vio todo el operativo por televisión desde la comodidad de su casa, incluso se acercó junto con otras personas a ofrecer ayuda, casi creyó que podría ser reconocido pero fue una falsa alarma.
Antes de retirarse del lugar, echó una última mirada a las patrullas y al detective encargado.
Y sonrió al pensar que podría jugar al gato y al ratón cuatro años más tarde.

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