Sus besos recorriendo todo su
cuerpo, sus perfumes impregnados en la piel del otro. Eran dos
fragancias que se hacían una sola. Un abrazo tan fuerte como para que se
juntaran y mezclaran todos sus pedazos, que no quedara ni un espacio
vacío entre los dos. Las pléyades de sus lunares en su espalda. El café y
la miel de sus ojos en una mirada eterna fundida en un beso.
Casí se había olvidado lo que era estar así; su piel, su perfume, la proximidad... Y se despertó.
Una
alarma sonaba en algún lugar de la calle, el sol entraba por el espacio
donde la cortina no estaba cerrada, el acolchado grisáceo, el ventilador
encendido, y... Él a su lado. La respiración acompasada, la mano abajo
de la almohada, 'todo sigue igual de bien' pensó con una sonrisa.
Respiró hondo su perfume, lo abrazó por la espalda y siguió durmiendo.

Precioso!
ResponderEliminarEsa belleza de los instantes simples.
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